La nostalgia pendiente

 

    Para mañana mi madre estará muerta y no hago más que experimentar su muerte a lo largo de mi vida. Es 30 años mayor que yo, y mañana tendrá 52 años para siempre. Hace 16 meses un cáncer de mama la consume por partes y sólo falta ella. Ahora sólo duerme con intensos dolores y un cuerpo incompleto.

Su muerte la experimento hasta donde mi memoria logra recoger recuerdos de mi infancia. Una contaminada infancia que me prepara para su muerte, y ahora que va a morir, no sé cómo experimentar su vida.

Cualquier persona joven que esté acercando a sus 20’s cree dotar una gran madurez hasta que tienen que afrontar la muerte de su madre. He sido testigo de muchos huérfanos en los que diverge la conducta de su edad; y suman fracasos justificados a la muerte que nacen esperando.

Crecer con madre consiste en tener un alter ego de sombra, y la paciencia de convertirse en su deja vu permanente. La paciencia de tolerar la encarnación de sus recuerdos en mis días. De pequeña escrutaba mis lunares más desenfocados, y decía “Cuando era pequeña tenía ese mismo” ¡Ay, madre! Ese lunar lo tengo yo, como mi profesora del kínder y como el perro de la vecina.

Los lunares me los contaba cuando me tenía cerca, pero cuando me tenía a algunos metros miraba más allá de mí, como teniéndome de pretexto, pero me miraba a mí; no quería que descubriera su excesivo monitoreo.

Mis parejas han sido una sucesión de la perfectibilidad varonil. Unos más o menos guapos, otros más o menos inteligentes, unos más o menos ricos, pero siempre, siempre, iguales a los de mi madre. El primero, Francisco, era mi compañero de patinaje —mientras cumplía el sueño incompleto de mi mamá de ser deportista— y mi novio por 3 meses. Mientras su ojo brincón daba cuenta de que tener una novia era muy caro. Según mi madre era igual a su primer novio. Más que a su primer novio, creo que era igual a cualquier hombre; pero a mí me reencarnaban todos sus concubinos.

Ricardo, con el que culminé una relación de 3 años; un mes antes de conocer la enfermedad que mañana me dejará sin madre, coincidía con el nombre de mi padre. Una casualidad detestable, porque le permitía a mi madre sumar sacrilegios a mi relación. A pesar de eso, tuve que convertirme en amiga de mi madre. Y como par de amigas, que comparten los secretos de almohada desde niñas, compartía sus experiencias con mi padre (su exesposo), con una felicidad inconfesada, resultado de nuestra nueva relación. Ricardo era el homólogo intertemporal de mi padre, según mi madre, hasta las mismas mentiras torpes tenían. Se consolidó la amistad con mi madre una vez sus augurios acerca de la relación con Ricardo se cumplían, como si siguieran un guión hecho por mi progenitora. Eran de una precisión envidiada por los chamanes; los reproches anticipados de Ricardo eran la clave para pensar que conocía muy bien esa especie, y su precisión se la tenía que atribuir a su inteligencia ¡Yo que nada tengo de supersticiosa!

La primera vez que escogí universidad estaba dispuesta a dedicarme a cualquier profesión, menos a la misma de mi madre. Era socióloga, aunque intentó convencerme durante mis últimos dos años en el colegio de que estudiara sociología, no lo iba hacer. Escogí economía, y al principio me sentía tan alejada de ella como quería que fuera. Hasta iniciado el segundo semestre tuve que acudir a ella para unos estudios sobre la pobreza en Colombia. Sabía tanto, que la reticencia no fue suficiente, las pupilas me delataban la admiración. Vivía con un orgullo latente, pero con algo de éxito para camuflarlo. Acudía a su conocimiento cada tanto, pero mi mirada sobria limitaba sus respuestas y reflejaba mi arrogancia injusta. Supe que la admiraba en el momento que presumía con mis compañeros el origen de mi conocimiento sobre la pobreza en Colombia.

De más joven llevaba a mis amigas a la casa. Era tan buena persona que parecía querer quitarme a cada una de mis amigas. Se aprendía el término de los huevos en los que le gustaba a Lucía, para Paula, tenía la desgracia de compartir el gusto por La Oreja de Van Gogh y escuchar esa música cada que iba ¿Y a mí?, a mí me cuidaba tanto, que cualquier tos era una alarma que explayaba todos sus conocimientos en medicina y se abalanzaba encima de mi cuerpo para auscultar centímetro a centímetro. Así que evitaba tragar saliva cuando estaba con ella para no correr el peligro de toser por error.

Un día en el que Lucía y Paula cenaban en casa por un trabajo de la universidad, mi mamá sacaba de un hueco —que había hecho en el techo de cielorraso para guardar toda la decoración de navidad— unos álbumes, llenos de fotos de ella midiéndose vestidos de todos los colores. Paula, la más extrovertida, empezaba hacer pasarela imaginándose vestidos a vestido. Lucía, un poco más tímida, calificaba la pasarela y los vestidos a Paula, con el nombre de mi madre. Sin desaprovechar revivir su juventud en mis dos amigas, me miraba con temor —me fastidiaba el exceso de confianza con ellas— por una conversación que habíamos tenido: olvidaba que las amigas eran mías. Durante la cena mi madre no paraba de hablar de un vestido verde esmeralda, bordado con bisutería barata, pero que de joven le debió sobrar halagos en su graduación.

Ella quería que ese vestido lo usara en mi grado, no iba a pasar. Para ese entonces ya estaba en tercer semestre de economía, y no fue hasta último de todos que me convenció. Usaría el vestido de bisutería barata, color esmeralda, que hoy en día, nada de color esmeralda tenía. Lo llevamos a confección para ajustar tallas, yo soy un poco más baja que la adolescente madre.

      Su vestido lo mandamos hacer en el mismo lugar en donde ajustarán el tallaje del mío. El suyo lo mandamos a hacer hace ya casi 2 años. Pero su enfermedad empezó a moldear un cuerpo raquítico de manera acelerada, así que, hace 2 meses fue el último ceñimiento de su vestido. Ese día nos medimos el vestido una vez más, yo sabía que iba a ser una escena de nostalgia para ella, y tristeza por su enfermedad. La primera en quebrar en llanto fui yo. Yo no era la multiplicación de mi madre, sino su reiteración infinita de su vida. Ella era espectadora de sí misma. Atajé mis lágrimas con prisa para no ocasionar una peor tristeza en mi madre.

      Para el día de mi grado no nos diferenciamos en nada. Compartimos desde los mismos pendientes, que eran la continuación del bordado en bisutería del vestido, hasta los zapatos de poca altura, ya conscientes de su debilidad.

      Hoy fui a recoger el vestido, que ahora mismo sostiene mi llanto. El grado será en 3 semanas y nos vestiremos igual, pero ya no, para mañana estará muerta y no podré ser más ella.


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